La lógica del poder en una transición venezolana: entre el control del caos y la legitimidad política


Caracas / Internacional —

En medio del escenario de transición que atraviesa Venezuela, comienza a imponerse una realidad incómoda pero determinante: en los procesos de ruptura política profunda, el factor decisivo no es la legitimidad moral ni el respaldo popular inmediato, sino la capacidad real de contener el desorden, evitar la violencia y garantizar la operatividad básica del Estado.

Analistas coinciden en que el poder efectivo en Venezuela no ha estado históricamente en manos de la oposición civil, sino en estructuras armadas y administrativas que controlan territorio, instituciones estratégicas y cadenas de mando. En este contexto, cualquier negociación inicial tiende a realizarse con quienes pueden frenar —o detonar— una escalada de violencia.

Por qué algunos actores del chavismo siguen siendo interlocutores clave

Figuras del oficialismo con amplio conocimiento del funcionamiento interno del Estado han emergido como piezas centrales en los primeros contactos de estabilización. No se trata de afinidad política ni de reivindicación ideológica, sino de pragmatismo: estas personas concentran información, influencia operativa y capacidad de coordinación sobre sectores sensibles como ministerios, empresas estatales, puertos, banca pública y aparatos de seguridad.

Sin esa continuidad mínima, expertos advierten que el país podría enfrentar una paralización acelerada de servicios, logística y gobernabilidad en cuestión de días.

El contraste con la oposición civil

Líderes opositores con amplio respaldo ciudadano y legitimidad electoral representan, sin duda, una alternativa democrática para el futuro del país. Sin embargo, en una etapa inicial de choque y reacomodo, su margen de acción es limitado debido a que no controlan fuerzas armadas, estructuras territoriales ni mecanismos inmediatos para garantizar el orden público.

Además, su inclusión temprana en mesas de negociación suele ser percibida por los sectores duros del poder como una amenaza directa, lo que puede bloquear cualquier intento de acuerdo inmediato.

Una transición por etapas

Especialistas en procesos de cambio político señalan que las transiciones complejas suelen desarrollarse en fases claramente diferenciadas:

Contención del caos: se prioriza evitar la violencia, desactivar focos armados y mantener en funcionamiento al Estado. Reconfiguración del poder: se incorporan actores civiles, técnicos y figuras políticamente aceptables para ampliar consensos. Legitimación democrática: se abre paso a elecciones, representación popular y reconstrucción institucional.

Pretender invertir ese orden —advierte el análisis— suele conducir al colapso o al fracaso del proceso.

Una percepción equivocada

Uno de los errores más frecuentes en la opinión pública es asumir que la salida de una figura central del poder implica automáticamente el inicio de un gobierno democrático pleno. La experiencia internacional demuestra lo contrario: primero gobiernan quienes pueden impedir que el país se incendie; luego, quienes pueden administrarlo; y finalmente, quienes pueden representarlo.

La transición venezolana, concluyen los expertos, no escapa a esa lógica dura, fría y profundamente incómoda, pero recurrente en la historia política de los países que atraviesan rupturas profundas.

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